Llevo dos horas leyendo y ahora tengo que dejarlo, pero no creáis que me he ido, sigo aquí, gracias por vuestros ánimos, la verdad es que, a pesar de que ello no me impida escribir, siento vergüenza de mi lado nostálgico. El otro día cuando hablaba de la soledad, cabalgaba la tristeza a sus anchas y es que a pesar de que la infancia suele ser alegre, son muchos los momentos de dolor los que nos tocó vivir a los niños de los pantanos. El hecho de vivir a pie de obra, a pesar de que el lugar en plena naturaleza fuese idílico, fue un hándicap, que al menos a mí me costó superar, nuestros padres tenían miedo a que cayésemos o nos pasase algo y no querían que nos alejásemos de la puerta de casa, y ya sabemos que los mayores nos equivocamos muchas veces.
Ahora ya sé cómo leer los comentarios con algo de orden, acabo de leer los de Alfonso y por eso mi primer abrazo para él, recuerdo con mucho dolor aquel accidente de enero del 65 que tanto nos impresionó a todos en casa, por el dolor de mi padre al comentarlo y porque vivíamos enfrente y mirábamos con el corazón encogido.
Con los niños del poblado de abajo, al estar en poblados diferentes, podíamos coincidir en los recreos de la escuela y en las festividades que se celebraban en conjunto. Aunque también he vivido en el poblado de abajo, fue entre los cuatro y los seis años, edad en que los recuerdos permanecen difuminados y solo aflora la emoción de aquello que nos impresionó más.
Son algo así como el brillo en las estrellas, un fulgor sin más, y a su alrededor, otra estrella, y otra, y otra…
Llegar con una sillita, juntarla con otras, sentarnos con una pizarra y pizarrín al aire libre para escribir las letras, con la sorpresa de la maestra, que tenía pensado enseñármelas…
Me mandaron a comprar, un día que llegó el médico a casa, y lo hice rápido, pero antes de entrar en casa, me dieron más dinero para que me comprase un helado, y aunque la sensación de que algo preocupante pasaba perdura, también tengo el recuerdo de comprar, y saborear la golosina camino de casa; así es, como la vida misma, sabores agridulces de la memoria.
Estar sentada detrás de casa con amiguitas, comiendo habas…
Fui a ver a otra amiguita, porque estaba enferma y se puso a saltar en la cama de alegría, ¡vaya sorpresa! Todavía recuerdo la pared blanca de fondo perfilando sus saltos…
Ver a un niño de dos añitos dándole con una piedra al camión que le habían traído los reyes y convertirlo en añicos, a mí, me parecía que ya era grande para entender que las piedras tenía que llevarlas en el volquete, porque el camión era para cargar las piedras, no para que las piedras se lo cargasen a él, ¡Vaya poco acierto de esos reyes magos al pensar cómo una niña de seis años!…
Estar sentada en la terraza que ponían en el bar de Pepa, con mi padre y sus amistades, oyendo las conversaciones…
Que sí, que los niños escuchamos y nos enteramos de todo, en este caso, de todo lo que se dice, ¡claro! A veces la gente cuando bebe alcohol, puede imaginar más de la cuenta, y los únicos que bebíamos sólo refrescos, éramos los niños. Por eso alguna de las cosas que oí no las repito. Hay una expresión, para mi desafortunada: ¡Qué dices, estás borracho! Cómo si beber fuese sinónimo de imaginar barbaridades. Que eso no significa que sea verdad, porque también hay otra para decir lo contrario, aquella que dice “los borrachos siempre cuentan la verdad”.
Los recuerdos son el firmamento de nuestra noche... y al igual que a Immanuel Kant: “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mi”
Si el motor del mundo, fuese el amor, seguro, que la historia se escribiría de forma muy diferente: “Con la moral corregimos los errores de nuestros instintos y con el amor, corregimos los errores de nuestra moral.” José Ortega y Gasset
Un abrazo para tod@s, niños y niñas de los pantanos